Del otro lado del río


El lunes era feriado. Ella estaba cansada de tomar el colectivo para ir al trabajo exactamente a las ocho y media, buscar a empujones un lugar y mirar por la ventana el sol pegado en la cara de los recién despiertos. Puentes. Las piedras de la caja de la gata detrás del tacho de basura.


El sábado a la madrugada se tomó un colectivo a Santa Fe.

Hacía mucho frío y se había olvidado un guante en el taxi cuando pagó los siete pesos. Esperó unos treinta minutos y subió al asiento número sesenta y siete, abajo, por la izquierda, sector pasillo. Apenas abrió un libro de poesía, mitad inglés y mitad castellano, se dio cuenta que le ardía la vista, imposible leer hasta no dormir por lo menos dos horas. Guardó el libro en la mochila y pensó en mandar un mensaje de texto. Se arrepintió. Lo iba a mandar más tarde cuando estuviera por llegar. Eso iba a ser difícil porque no conocía los carteles ni los colores al lado de la ruta. Sabía que podía preguntarle a la señora rubia del asiento sesenta y seis como era eso del camino. Pero se dijo que más tarde, cuando estuviera por llegar.

En la madrugada de la terminal sobrevolaba una nube de insectos. Era agosto de un fin de semana largo. Los insectos, algunos más grandes que otros, chocaban contra los techos de los colectivos y en la cabeza de la gente, que por sueño o alguna otra cosa, no se movía.

Cuando abrió los ojos vio campo. Campo de hojas verdes recién regadas o salidas de un lavarropas. Estaba temblando de frío y la señora rubia del asiento sesenta y seis le dijo que estaban en un pueblo cercano a Santa Fe. Le había entrado un mensaje de texto y respondió: ni idea donde estoy, nadie sabe, todas teorías. Según sus cálculos, faltaba una hora para llegar. Durmió un poco más entre el frío, la mochila y el asiento inclinado a noventa y cinco grados.

El chico al que le había pedido fuego en una parada ahora se bajaba del colectivo con una valija de rueditas. El papá lo esperaba con una boina en la cabeza y una sonrisa en la cara. Atrás una camioneta grande, de esas que sirven para andar por cualquier lado. El chico se acercó al padre, le dio un beso seco, una palmeada en la espalda y eso fue todo.


-¿Esto es Santa Fe? Preguntó.

Había llegado y mandaba un mensaje de texto diciendo: llegué.


Detrás de un vidrio, sentado con las manos en los bolsillos de la campera estaba él.

-Viniste, dijo. Ella afirmó con la cabeza y le dio un beso.

La mañana o la tarde, llena de nubes, empezaron a incendiar su vista. Se fueron en taxi hasta el departamento. Tomaron mate y hablaron de la ciudad, de la ruta que lleva a la ciudad, del clima. Vio por la ventana, que enfrente, en una especie de boulevard, había un árbol de palta-algodón. Él cocino milanesas de pollo con puré. Comieron y se fueron a la cama. Por la ventana de la habitación, lejos, dos canchas de tenis o básquet.

Esa primera noche vomitó. Cuando se despertó sintió un pegote en la espalda. Tomaron mate, fumaron porro y tomaron un colectivo a Paraná. Había salido el sol y la ciudad ya no parecía un puerto abandonado: juegos amarillos en las plazas, un palomar enrejado, el puente y los barcos debajo del puente.

Paraná era otra cosa, más parecido a lo que ya conocía. Él le contó de un amigo que se ahorcó y caminaron un rato largo sin decir una palabra.

La segunda noche se durmió como duermen los bebés o las madres de los bebés en los supermercados.


-Siento que estas por decir algo y no me lo decís, dijo él.


Caía un sueño con ramas de árboles y colchones de hojas tibias. Ella le acariciaba la cara como si lo conociera desde hace mucho tiempo. Se había metido en un agujero de petróleo, un obrero de veinticinco metros de alto abría la canilla.


Volvió a la una menos veinte, en el mismo número de asiento, abajo, por la izquierda, sector pasillo.



5 comentarios:

Fabio Martinez dijo...

Cómo estas?
me gustó el relato, es muy poetico con un ritmo suave y hermoso

Maria dijo...

Favio! Me alegro que te haya gustado. Saludos.

Pablo Natale dijo...

Un cuentoooo! Otrooooooooo! (la o es por el sonido de un pozo y la cara ícono de sopresa y felicidad)

Maria dijo...

Oh...ya se viene otro..

Mariela Laudecina dijo...

Me gusta! un abrazo