La virgen de puños cerrados

Le agarrò la mano y se fueron. Habían terminado el trago y no tenían más plata para seguir tomando.
No sé qué responderte, le había dicho minutos antes, cuando ella se acercó entre la multitud de gente para preguntarle si podía darle un beso. Ahora estaban camino a un hotel alojamiento porque los padres de Mariana estaban de visita. En el camino Mariana seguía repitiendo que no entendía y que estaba confundida, pero que sí, quería ir al hotel.
El lugar era sencillo. Un hombre les dio la llave de la habitación y subieron por las escaleras hasta encontrar el número seis. Una ducha de vidrio para dos enfrente de la cama, el baño al lado. Las cortinas tenían flores. Acá la primavera estalló, dijo. Mariana se rió. En la almohada la inscripción del nombre del hotel. Sábanas duras, que raspan un poco.
Mariana se sacó la ropa mientras repetía que era su primera vez con una chica. Ella no le contestó. Pasó la lengua por casi todo el cuerpo, se puso encima y empezó a tocarla, primero suave y después con más fuerza.
Las despertó un torno. Seguramente un par de hombres con mamelucos estarían arreglando la calle, un ruido insoportable entraba a través de la cortina donde la primavera había estallado.
Sonó el teléfono. Contestó. Su tío la llamaba para preguntarle como estaba. Le dijo que muy bien mientras iba a lavarse la cara pasando por los escombros de ropa de la noche anterior. 
Se vistieron. Mariana devolvió la llave. El hombre les dijo que podían estar hasta las doce del mediodía. Todavía seguía en la misma posición leyendo el diario. Cuando salieron del hotel Mariana se puso los anteojos de sol. Caminaron mucho, al llegar a una esquina se despidieron. Ella dobló y se dio vuelta para ver a su amiga. Le pareció ver un gorrión entre sus manos.    

1 comentarios:

Pablo Natale dijo...

Lo leí en el diario. Me parece precioso y de final hiper contundente (y recuerdo las letras en la almohada, el torno).