La mañana

Prendió la hornalla. El fuego salió de a poco hasta que se encendió por completo.

Adriana abrió la puerta de la cocina.
-Dormí re mal, dijo.
-¿Por?
-No sé, me desperté a eso de las nueve y no me podía volver a dormir. Te miré.

En el patio tomaron mates con un poco de azúcar. El maquillaje de las dos corrido por toda la cara mientras la música salía de la computadora. Arriba de ellas, como una nube que se detiene y tapa el cielo por completo, el asado de los vecinos. Cerca, alguien estaría en la  cocina lavando ollas y sartenes, juntando ceniceros y apilándolos detrás de los platos, suspendido en la noche anterior.
Adriana le contó que el martes había ido a ver a una amiga de su viejo que vive en las sierras, una mujer que come todo sano. Estar con ella la había hecho sentir un poco mejor. Dijo que hablaron mucho y ese ambiente natural le había dado cierta paz. Se preguntó mientras le pasaba el mate que significaba la paz. Supuso que nadie sabía y que en ese momento no tenía importancia.
Adriana prendió un cigarrillo y acomodó su pelo. Se sentó en el piso con las piernas cruzadas. Ella no podía parar de mirarla, era como una actriz de cine, excedida en belleza.

-¿Quedó porro?, preguntó.

No sabían la temperatura pero el sol pegaba en las manos y en las piernas casi quemándolas. Adriana sentada en el piso de cemento con las piernas cruzadas y ella tirada en la reposera, fumando su tercer cigarrillo, la piel seca, quebrada. El maquillaje negro debajo de los ojos.