Mercedes salió más temprano de la agencia. Saludó a Mabel con un beso en la mejilla, un beso seco, apenas audible. Mabel era su compañera de trabajo hacía dos años, solían reírse del peinado del jefe o de los potenciales turistas que pedían rebajas exageradas en los paquetes al caribe. Guardó en su bolso el pan dulce que les habían regalado a todos los empleados. Ese año se sorteaba un viaje para dos personas a México: siete noches, pasaje aéreo, traslados y alojamiento, todo incluido.
Pidió un taxi. Pensó en la familia de Mabel y en su propia familia. Sabía que su compañera se había separado hace un par de meses y tenía a cargo a dos niñas, Raquel de cinco y Lila de nueve. Las había tenido que cambiar de un colegio semi privado y religioso a uno del estado, su ex marido no le pasaba el dinero suficiente para la educación de sus hijas ni para sus gastos personales, asíque Mabel se arreglaba con el sueldo de la agencia más una ayuda que le daban sus padres. En ese último tiempo llevaba al trabajo una revista de artículos de limpieza y del hogar. En dos ocasiones Mercedes le compró una manopla para sacar pelos de gato en las camperas o polleras de invierno y un producto que limpiaba los zapatos de gamuza. Mercedes no tenía gato, ni ningún otro animal, pero Mabel le caía bien. Era con quien compartía la mitad de su día, entre llamados y fotos de playas o museos de Europa. Si ganaran la lotería o se casaran con alguien rico podrían visitar esos lugares, envueltas en pieles y botas de reptil.
No supo decidir quién merecía ganar el viaje. En sus últimas vacaciones fue a la cordillera. Había cabalgado por el Parque Nacional Lanín junto a un contingente de coreanos, en ese momento rogó que las vacaciones terminaran para volver a su casa. Ningún romance como imaginó. Ella y los coreanos de las excursiones al hotel. A la noche un sueño repetido dónde naufragaba rodeada de moscas.
No supo decidir quién merecía ganar el viaje. En sus últimas vacaciones fue a la cordillera. Había cabalgado por el Parque Nacional Lanín junto a un contingente de coreanos, en ese momento rogó que las vacaciones terminaran para volver a su casa. Ningún romance como imaginó. Ella y los coreanos de las excursiones al hotel. A la noche un sueño repetido dónde naufragaba rodeada de moscas.
El calor subía por el pavimento hasta nublarle la vista. Quizás tenía la presión baja. Quería llegar a su departamento, sacarse las sandalias que había comprado a mitad de precio el verano pasado y prender la tele.
Abrió la puerta. Se agachó con cuidado para levantar el correo. La luz, el gas, la tarjeta y una invitación de casamiento: Emilia y Mauro. Sacándose las sandalias se acordó de la escuela secundaria. Cayó en la cama y cerró los ojos. En la tele una mujer de unos cincuenta años, morocha, con las caderas más grandes que los pechos, enseñaba a rellenar una carne con verduras y panceta previo dejar reposar el relleno en un líquido parecido a la miel. Hablaba pausado, cada gesto obedecía al movimiento de la mano derecha que daba vueltas la carne de un lado hacia el otro.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada